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Historia de Pandora

Capítulo I: De Aion y los Naherian

Cuando el Sueño comenzó aún existía el Infinito. En aquel entonces, Aion caminaba con pies terrenales por senderos que nunca hubieron de hollar seres mortales ni inmortales, pero cuyas huellas son hoy visibles en la piel del alma de todos nuestros recuerdos desde ese día. Fue el momento crucial, la hora sublime y definitiva en que, por primera vez, reparó en que estaba sólo y el Vacío era lo único que le rodeaba. Aion se detuvo y pensó, reflexionó durante épocas sin medida hasta llegar a una conclusión que le sorprendió tanto como consiguió emocionarle. Allí, justo a sus pies, una diminuta e insignificante lágrima había nacido en sus ojos, resbalado por su mejilla y caído a sus pies, produciendo un sonido tan singular que, por ser nuevo, fue estentóreo. De esa fuente de soledad surgieron los Naherian, los Espíritus Primigenios, que en nuestra lengua, muchos siglos después, llamamos 'Aquellos que Han Visto'. Siete fueron los primeros en alzarse; siete figuras de una majestad evanescente, de una grandeza inconmensurable y a la vez difusa, pues su propia naturaleza provenía a un tiempo del propio Aion y, también, de una esencia que bebía de lo desconocido, pues aún no había tenido lugar aquellos que les infundía vida. Los Siete rodearon a su creador y le reverenciaron, le agradecieron y le consolaron; pues como hijos suyos, según dijeron con una sola voz, habían cruzado el umbral de lo real para acompañarle a través del Tiempo y desafiar la terrible oscuridad y soledad del Vacío. Aion experimentó entonces la emoción por segunda vez y la reconoció, pues supo al instante que desde siempre y para siempre habitaba en su interior un secreto, una voluntad que le animaba y movía y que, sólo ahora, empezaba a comprender. Así fue como apareció Pandora, la última hija del Sueño y la más próxima al corazón del Soñador; hermana de los Naherian y amada por todos ellos, que también reconocieron en su rostro, en la luz de sus ojos escarlata, la verdad que latía con fuerza en el pulso del Infinito


Capítulo II: Del deseo de los Ocho

Aún antes de la cuenta de los años, cuando nada de lo que ocurrió podía intuirse, los Siete y Pandora comparecieron ante Aion y se postraron ante él. 'Padre', dijeron ellos con su voz de trueno, 'por largas edades hemos permanecido a tu lado, luchando contra el Vacío y extinguiendo la tristeza que se apoderó de ti en un Principio. Durante mucho tiempo nos hemos complacido con tu felicidad, hemos compartido tu alegría y hemos crecido llenos de tu júbilo; pero ahora, que percibimos en lo más profundo de nosotros una sensación que nunca habíamos conocido, que poseemos la certeza de que un gran cambio se avecina y del que no podemos sustraernos, sentimos la necesidad de aplacar esa desazón tal como Tú hiciste tiempo atrás'. Aion los observó uno a uno, comprendiendo en sus expresiones lo que no entendía en sus palabras, y esperó paciente a que su sospecha fuese confirmada. 'Padre', continuaron, 'permítenos crear vida. Una vida que nos acompañe como nosotros te acompañamos, que nos conforte como te confortamos y que nos duela como te dolemos. Queremos saber qué se siente, Padre, y no creemos poder seguir junto a ti si nos niegas lo que tan fervientemente deseamos'. El Soñador guardó silenció y pareció pensar durante un instante, ajeno, ausente por completo a la situación y a sus protagonistas, a quienes casi no reconocía en sus impensables demandas. Únicamente Pandora, que al contrario que sus hermanos no había manifestado la misma ansiedad por la creacion que ellos mostraran, quedó junto a su padre, recostada en su regazo, bebiendo la pena que poco a poco lo consumía en una agonía sin delirio

Al cabo, Aion se levantó, aún sostenido por la mano de su hija, y sentenció: 'Sea pues, si tal es el dictado de vuestro corazón y la ley de vuestra razón. Empero, sabed que el germen de la vida no se halla sólo en la necesidad de ver y sentir, sino en el esfuerzo de creer y en la terrible intuición de la destrucción. Así como yo os traje a la existencia por causa de mis males, también vuestras criaturas os harán regocijaros tanto como sufrimiento os provoquen'. Los Siete Naherian se miraron unos a otros, desesperados por conocer las condiciones que sin duda les serían impuestas como precio a su solicitud. Pandora, en cambio, cerró los ojos, presagiando algo funesto. 'Hacedlo', dijo Aion, 'pero sólo quien sepa reflejar la verdadera belleza de su interior, quien sea capaz de mostrar sin vergüenza la imagen de su propia creación, la obra de su propio Sueño, recibirá mi aprobación y contemplará con éxtasis su creación hasta que el Infinito se quiebre'. Y así, los Ocho conocieron su Hado


Capítulo III: Del exilio y la soledad

Hubieron de pasar muchas más eras sin nombre antes de que los Naherian comprendieran el verdadero significado de aquellas palabras; y más aún antes de que reparasen en que, en realidad, constituían una trampa. Cuando llegaron a la conclusión de que tanto sus espíritus como sus conciencias eran una, la misma e idéntica para todos, cayeron en la cuenta de que sería imposible complacer a Aion si no era renunciando a su propia naturaleza para diferenciarse y hacerse únicos entre los demás, lo cual era tan inimaginable como irrealizable. De tal modo vagaron los Siete sin rumbo, desalentados, por primera vez tristes al entender que el fracaso de uno sería el fracaso de todos, y se alejaron más allá de los confines a los que alguna vez había llegado el Soñador, dispuestos a encontrar esperanza u olvido. Aion padeció entonces enorme tormento y desazón, y se sintió culpable por haber empujado a sus hijos a un exilio forzado

Tanto creció el dolor dentro de sí que, no pudiendo resistirlo más y temiendo nuevamente la amenazante sombra de la soledad cerniéndose sobre él, tomó a Pandora en sus manos y le habló así: 'Ve, tú que también eres hija mía, y lleva a tus hermanos el perdón que mi necedad y mi ceguera les han negado hasta ahora. Búscales y diles que no hay motivo para vivir separados por ideales ni grandes ilusiones, y que mis brazos volverán a acogerles y a darles el calor que ya ha empezado a apagarse en sus corazones. Diles que daré reposo a sus almas cansadas, que devolveré el vigor a sus músculos entumecidos por el duro trabajo y que nunca, jamás, volveré a dejarles caer en el abismo del desamparo. Corre: encuéntrales y tráemelos de vuelta. Moriré si me faltan por más tiempo'. Pandora inclinó la cabeza y asintió. 'Obedeceré gustosa, Padre', y partió hacia dominios desconocidos


Capítulo IV: De la envidia de los hermanos

En un páramo yermo y caótico, como sombras revolcándose en las sombras, alcanzó finalmente Pandora a sus hermanos tras interminables jornadas de búsqueda, en las que no había consentido desfallecer aun cuando toda esperanza parecía extinguida. Los Siete Naherian, hermosos y plenos de luz como lo habían sido en épocas que no parecían tan lejanas, no eran ahora más que pobres imágenes de sí mismos: esqueletos de una gloria marchita a fuerza de ser recordada con el odio y el rencor que traen los sueños frustrados. Carroñeando lo poco de quedaba de su esplendor, tal vez para mal sobrevivir a una esquiva muerte menos mala, la vieron llegar a su lugar y hubieron de cubrirse los ojos, pues el resplandor de pureza que irradiaba su alma sin corromper se les clavaba en la mirada y en la carne como espinas de dolor. 'Retrocede hermana, pues nos ciegas. ¿Acaso no ves que tu orgullosa presencia nos hace daño?', escupieron con voces desagradables y descoordinadas. 'Padre desea volver a acogeros en su seno, libraros de vuestra aflicción y restañar las heridas que os han llenado de amargura. Por favor, hermanos, venid conmigo y que todo sea como una vez fue'. Lejos de prestar atención a las amables súplicas de la siempre joven Pandora, los Siete se entretuvieron en el quehacer que, tal vez durante eones, los tuviese enfermizamente ocupados mientras desterraban de sí todo dulce pensamiento y toda noble acción. Tomando formas grotescas y retorcidas, mezcla de toda vileza existente en los planos en los que se habían adentrado en sus errabundos peregrinajes, los hermanos malditos modelaban ciclópeos monumentos de miseria y de crueldad, en cuya superficie se reflejaba el grado de putrefacción que habían alcanzado sus corazones macilentos

Incapaces de cumplir las imposiciones de un padre al que ya despreciaban, los Naherian habían hallado consuelo en retratar lo más bajo y hediondo de sí mismos en figuras que adoraban con siniestro fervor. Pandora vio todo esto y sintió miedo; pero aún mayor era el sentimiento de compasión que sus hermanos le inspiraban, y quiso acercarse más a ellos para reconfortarlos. Entonces, poseídos por una furia cultivada lenta y largamente, los Siete cayeron sobre ella y la asieron, zarandeándola con violentos vaivenes, desgarrando sus vestiduras hasta que los dedos traspasaron la piel y se hundieron más allá. Ante los llantos de piedad, ellos contestaron: 'Tú, hermana, que fuiste siempre la primera en su amor aun cuando nosotros fuimos los primeros en nacer... Tú, hermana, que te negaste a compartir nuestra visión y despreciaste nuestros sueños, creyéndote mejor que nosotros... Tú, hermana, que eres hermosa, que eres belleza y eres la culminación de su alegría mientras nosotros somos los hijos de su tristeza, tú, serás la imagen que el Soñador no quiso ver en nosotros. Y cuando Él contemple nuestro trabajo, no podrá por menos que concedernos nuestro favor. Favor que tú ya nunca disfrutarás'

Y Pandora, víctima de la envidia y de la ambición de quienes una vez la amaron, fue destrozada y dividida en sietes partes que, aún con un fugaz resquicio de su luminosa vitalidad, impregnaron las oscuras estructuras concebidas por la degradación de sus hermanos, rellenando sus cavidades y mezclándose con sus turbios fluidos, y al punto las volvió suaves, firmes y brillantes, como avatares de su propia naturaleza imperecedera. Tan potente seguía siendo la fuerza de su espíritu palpitando en cada nueva obra que todas ellas, como piezas de un evidente puzzle, se encajaron y redistribuyeron para formar una única imagen de bondad y sabiduría que estremeció al propio Infinito. Y los Naherian supieron que, al fin, habían encontrado respuesta al enigma planteado por su padre hacía tanto tiempo; y supieron igualmente que, cuando volvieran a verle y le presentaran aquella gloria radiante, nada podría ya impedir que se cumpliese su deseo


Capítulo V: Del regreso y la culpa

Aion les vio regresar, tan diferentes y tan idénticos a sus recuerdos y a sus peores pesadillas, el último día antes de nuestra Primera Noche. Envejecido, agostado por el peso de las edades y los agrios presagios, alzó dificultosamente la vista y los contempló largamente en uno de sus silencios, que ahora habían vuelto a ser habituales en él como lo fueran antaño en el pasado más remoto y temido. Quiso abrir los brazos y fundirse con ellos hasta sentir de nuevo emociones desconocidas y saborear sensaciones que sabía perdidas para siempre; pero no supo reaccionar ni tuvo fuerzas para hacerlo. 'Padre', dijeron sus hijos, tratando de recuperar el tono que coleaba a duras penas en sus memorias, 'he aquí que volvemos a tu lado y con nosotros traemos la solución que satisface las condiciones que un día instauraste para nosotros. Nos pediste la imagen que mejor retratase la belleza de nuestro interior y aquí te la presentamos, esperando y confiando en que tu sabio juicio sepa valorar el amor con que fue inspirada y realizada'. Un estremecimiento cruzó por el rostro del soñador, no tanto por aquellas primeras palabras tan increíblemente frías y abstraídas, sino porque por más que buscó a su alrededor no vio rastro de la joven Pandora, y el escalofrío dio paso a la sospecha. '¿Dónde está vuestra hermana? La envié a buscaros y sin ella regresáis, aunque su voz aún resuena aquí, lejana como un eco de culpa. Decidme, ¿qué ha sido de ella? Mi felicidad no puede ser completa si mi corazón está incompleto'

Los Naherian se sonrieron, percibiendo la desconfianza de su padre mas seguros de que su crimen sería, si no perdonado, al menos comprendido y apreciado. '¿Acaso somos nosotros los protectores de esa niña? Si se ha apartado de ti bien harías en preguntarte cuán caro eres realmente a su amor', espetaron con voces inclementes. Aion, siendo perfectamente consciente de la terrible realidad, tomó entre sus manos la joya de luz que ahora era lo único que quedaba de su hija y lloró. Lloró callado, con rabia como nunca lo hiciera antes, abrazado a ella, y señaló severo a los Siete. 'Por codicia... Tan solo por codicia de aquello que os hubiera sido dado con una simple muestra de sinceridad y cariño, habéis hecho caer sobre vosotros la peor de todas las maldiciones y deshonores. Por el pecado cometido os habéis cubierto de vergüenza y vuestros nombres han quedado mancillados para siempre en mi recuerdo, porque habéis querido arrebatarme aquello que me era más querido en este Infinito'. Los hermanos temblaron, flaqueando sus piernas bajo el paso de aquellas graves acusaciones, sintiendo de pronto la gélida dentellada del remordimiento en el costado. 'Y, no obstante, vuestro sueño se ha cumplido', dijo Aion


Capítulo VI: Del castigo y la redención

Perplejos y del todo atónitos quedaron los Naherian, incapaces de desentrañar el sentido de aquella última frase. Preguntaron, 'Padre, ¿cómo puedes decir que nuestro sueño se ha cumplido si lo único que merecemos es tu castigo por nuestros actos? En nuestra necedad acabamos con Pandora y ya nada puede traerla de vuelta contigo y con nosotros. ¿Debemos ser premiados por ello con nuestro deseo?'. Pero Aion respondió: 'Ésta que aquí veis ya no es Pandora, sino Atreia: vuestra creación. Destruyendo una vida tan preciosa y tan irrepetible como la suya habéis dado origen a más vida, a millones de vidas, en realidad; pues tanto amaba mi hija la esencia de mis pensamientos que se adelantó a todos vosotros y fue la primera en contemplar su propia creación, guardando para sí ese secreto bondadoso que ahora sólo existe en esta reliquia de su alma. Atreia, la verdaderamente inmortal Atreia, es todo cuanto queda de mi pequeña y gentil Pandora... Pero también ella debe enfrentarse a mi prueba y superarla para ser digna de seguir aquí, pues en su interior contiene la maldad con que la herísteis y mezclásteis, y no puedo castigaros a vosotros si no es castigándola a ella...' Y en ese preciso instante el Soñador, alentado y a la vez refrenado por la ira y la misericordia, rompió con su mano la rutilante esfera de luz que era Atreia, partiéndola en dos mitades que se desgajaron y alejaron mutuamente, perdiéndose en el Vacío que de nuevo reinaba alrededor, hasta que se detuvieron a cierta distancia

Los Naherian no se atrevieron a mirar, asfixiados por sus conciencias; pero cuando abrieron los ojos y contemplaron el magnífico mundo que se ocultaba en el interior del planeta, y contemplaron la vida que allí creía y se apagaba y volvía a crecer, y al ser testigos de su violencia y de su dulzura, de sus posibles y sus imposibles, de todo y de nada a la vez, fueron dichosos al saber al fin qué se sentía, y pidieron perdón a su hermana en el fondo de sus corazones. 'Esta serán mis últimas palabras para vosotros, hijos míos, y de que las escuchéis y al punto las cumpláis dependen vuestra redención y la de mi pequeña Pandora', dijo Aion con gravedad. 'Rota está Atreia y desgarrados sus afectos como lo están el alma y el cuerpo de mi hija. Tan solo la fuerza del Infinito mantiene unidos sus pocos lazos, pero no podrá contener el odio que crece en su interior eternamente. Algún día se desligará por completo y cuanto ella fue y vosotros fuísteis, incluso yo mismo, habremos desaparecido para siempre. He aquí que yo os envío, pues, a restallar la herida que divide tanta belleza y restaurar la paz de la que una vez gozó. Inundaré cada confín de Atreia con vuestros espíritus para que vuestras voces puedan susurrar a las nuevas criaturas; y ellas os sentirán en su corazón, y obrarán según vuestro dictado a favor o en contra de la salvación. Queden vuestras estirpes, desde ahora, unidas a las raíces de aquellos que lucharán en mi nombre y se equivocarán: los mismos que vosotros intentaréis guiar a través de los siglos: los mismos que pecaran con vuestras mismas faltas y no hallarán consuelo ni os será permitido ofrecérselo. Veréis con dolor como vuestros propios hijos mueren inútilmente, y deberéis seguir adelante y recordar el propósito al que servís, o todo se habrá perdido. Yo os dejo ahora. Vuestros ojos serán las estrellas a quienes invocarán en la lucha y que les conducirán por los mares. Os reverenciarán y os amarán época tras época, y a través de vosotros me conocerán y tendrán una esperanza. Seré para ellos Aion, el Soñador, y éste será su Sueño. Queda en vuestras manos, Naherian...' Y nunca más su voz volvió a resonar para nadie, ni siquiera para sí mismo


Epílogo

Una ráfaga de luz escarlata marcó el inicio de estos tiempos, de estas historias, de esta aventura. Una luz escarlata que azotó el firmamento y dejó tras de sí una hermosa cicatriz de la que nadie podía dolerse, pero que desde entonces estuvo y está presente en todos nosotros. Es una señal, un recuerdo de que existe algo más que lo que vemos y sentimos. Una prueba de que hay en el universo cosas que no podemos comprender y que son ciertas, pues están en el mismo origen de nuestras vidas, vigilando cada uno de nuestros pasos, espiándonos furtivas en cada camino que recorremos, procurando que no nos perdamos mientras confiemos en su benévola influencia. ¿No has adivinado su presencia en una brisa fugaz que te indicaba el camino? ¿No has creído verla en una sombra, en un reflejo, en una gota de lluvia que te refrescaba cuando te asfixiaba el calor? Es ella. La que nos cuida; la que nos mece y nos arrulla. Es ella. La que nos anima y nos ampara; la que mide nuestro valor con sus horrores, la que recompensa nuestro tesón con sus maravillas. Es Atreia, nuestro mundo... El viejo mundo que aún nos mira con los ojos siempre jóvenes de Pandora








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